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El oir, por Isabel de Cartín.

Mie, May 11, 2011

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Hechos 9:7. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie.

A la verdad todos vieron la luz y oyeron el ruido de la voz, pero no entendieron lo que hablaba. ¿Por qué no entendieron los que iban con Saulo?

En primer lugar, porque no era para ellos el mensaje.

En segundo lugar ellos vieron la luz, pero no “vieron” las palabras.

Muchos oyen un mensaje, lo escriben, lo repiten, pero si no han llegado a ver y entender la palabra con su espíritu, el fruto de esa palabra se perdió o se distorsionó. Porque como aquellos que iban con Saulo de Tarso oyeron, pero no entendieron. Porque lo de Dios “se ha de discernir espiritualmente”.

La Palabra de Dios, ya sea la Biblia o mensaje profético, sueños o visiones, se ha de procesar primeramente por el hombre exterior (pensamientos), para luego bajarla al hombre interior (espíritu).

Si el alma del oyente tiene un patrón de conducta o emociones fijas, la palabra dada por Dios puede ser acomodada a los deseos egoístas del hombre, y esta palabra queda sin fruto.

Para oir la voz de Dios, llevar e implantar el fruto en el hombre, que el Espíritu quiere, es necesario rendir nuestra alma, mente, sentimientos y voluntad totalmente al Señor.

No es una aniquilación del ser, es más bien un rendimiento del alma por amor, que da como fruto la obediencia al entendimiento veraz, a la voz de Dios y su Palabra.

Saulo de Tarso oyó la voz de Cristo, y quedó ciego por tres días. Era necesario que entendiera la finalidad de aquel encuentro y el plan para su vida. Pero cuando recobró la vista, por la oración de Ananías, su amor al judaísmo lo hace ir a la sinagoga para anunciar a los judíos del Mesías tan esperado. Pero confundió a los judíos y a los cristianos.

Era necesario que fuera al desierto de Arabia, para que el oír de Dios fuera diáfano en los oídos de Saulo y comprendiera así el plan para su vida.

Allí en el desierto le fue revelado en Evangelio del Señor Jesucristo (Gálatas 1).

Por tres años, el oír de Dios fue claro, y de allí salió Pablo el apóstol de los gentiles.

Roguemos al Señor para que podamos entregar esta alma indómita, a sus pies, dócilmente. Que la iluminación del Espíritu Santo pueda abrir nuestro entendimiento, para oír de Dios.

 

 

 

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